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En mi propia confidencia

Marzo 22, 2008

Anoche, intentando dormir y tratando de apaciguar mi mente, vinieron a mi cabeza cuantas cosas he pasado en los últimos días, y fue muy curioso porque, a pesar de ciertas incomodidades, no podía dejar de sentirme bien por haberlas vivido, seguramente mi mente no estaba muy consciente pero, entre tanto que supuse sufriría, al final terminé haciendo tregua con mi conciencia y me dejó tranquila, espero que al menos lo haga por un tiempo.

Sé que resulta difícil, en muchas ocasiones, sobrevivir a todas aquellas cosas que no puedo dejar a un lado y que no logran hacerme pasar un buen rato, pero qué va, si siempre habrá algo que dañe los buenos momentos. Mi pasión, mi sentimiento, mi cuerpo, todo estuvo, después de mucho tiempo, pasivo y tranquilo; al parecer todas esas cosas que me atormentan dejaron de hacerlo para convertirse en pequeñas punzadas en mi cabeza que irritan mis pensamientos.

Y no me alegra mucho porque al final, todo eso que alcanzaba a sentir, así implicara dolor, era satisfactorio para ese lado de mi cuerpo que siente que las cosas estarían mejor con un corazón que palpite con razón justificada y no con imaginarios imposibles. Debe ser porque luego de tanto hablar, de exceder mi propia confianza y acceder a la suya de una manera tan impresionante logré, como no hacía mucho tiempo, comprender la naturaleza de todas esas sensaciones que no escapan de nuestros propios comportamientos. Un silencio, un consejo, una pregunta y luego, si tienes suerte, dormirás en casa.

El reloj se sigue moviendo, y asumo que el resto del universo hace lo mismo, ya era tiempo de sobreponerme a todo aquello que explotaba mi razón y me hacía entender que hay algo que me falta y que necesito ¿Que si estoy enferma? ¿De nuevo? Imagínese que si.

Las cosas solo pasan

Enero 7, 2008

En muchas ocasiones de mi vida he intentado llevar el rumbo de cada uno de los eventos que estoy dispuesta a afrontar, en muchas ocasiones lo he logrado, aunque no siempre, pues esta cosa que llaman vida corre al ritmo que se le antoja y una no puede ir en contra de todo. Es precisamente, en el momento de forjar nuestro destino, que podemos llegar a cuestionar nuestro “libre albedrío”. Los naturalistas, hasta donde sé, dan cuenta de esta libertad y afirman que todas las conductas están regidas por ese libre albedrío, los positivistas, en cambio, lo contrarían, con el argumento -que es obvio- que uno no tiene control sobre todas sus conductas, cosa que hasta cierto punto puede ser muy cierto. Por el hecho de no querer encajarme en una tendencia o en otra, me dispongo a señalar éste tema con cuidado.

Y es que por más que uno quiera, algo es cierto, no se puede controlar todo, las conductas no siempre están bajo nuestro control. No me atrevo a decir que nunca lo están porque, gústenos o no, todo al final depende de nuestra propia decisión, por más que esta esté predeterminada por nuestra forma de ser. Como antes lo decía, en diversas ocasiones he insistido en hacer las cosas por mi cuenta, con un objetivo claro que es propio de mi interés; hasta hace un tiempo tenía una meta fija a futuro, que implicaba únicamente ir por el camino que iba sólo a mi manera; sin embargo, y a pesar de insistir en no “desviarme del camino” he empezado a hacerlo, y aún con la voluntad manifiesta me ha sido inevitable poder seguir por mi anterior ruta, por lo cual me he visto obligada a detenerme.

Definitivamente comprendí que no todo puede estar bajo mi control y que a fin de cuentas no puedo obligar a las cosas que pasen, escasamente puedo intervenir en una que otra decisión, y ni siquiera eso se va a ser suficiente para afirmar que todo está “fríamente calculado”. Y mucho menos cuando, entre tantos giros que da la vida, termino por obedecer mis sensaciones. Eso que llaman “escuchar tu corazón”, y cuantas otras expresiones que siempre procuro suprimir de mi pensamiento. Siendo así, casi en contra de mi propia voluntad, he terminado dejándome llevar por mis emociones y ahora tengo sensaciones propias de… adivinen… un ser humano.

¿Qué hacer? Nada, es mi naturaleza, lo que he sentido no lo puedo desaparecer así porque sí, y así tenga toda la voluntad de desprenderme de toda sensación que choque con mi manera de pensar. Tampoco creo insistir en “las cosas”, pues al final esas cosas pasan y no lo podemos evitar, es más, esas cosas ni siquiera las podemos hacer pasar, tienen que pasar solas, y una, por más que quiera no va lograr impedir que pasen. Estoy demasiado vulnerable en estos momentos y mi indirecta búsqueda por un complemento emocional ha terminado, para mi desgracia. No con esto pretendo gritar por cielo y tierra que efectivamente mi corazón ahora se encuentra muy feliz, esas son sólo palabras y la realidad es otra, es más, tengo que hacer entrar en razón a mis sensaciones, porque lo que quiera que esté buscando al fin y al cabo no se me corresponde.

Parece todo esto una pataleta de alguien con emociones inmaduras, pero considero que el problema, que va más allá, es que todo ese mundo de emociones sin control, todo ese universo de conductas regidas por un no se qué, todo aquello que pretendí controlar según mi libre albedrío se está viniendo abajo de una manera tan sencilla, se está desboronando poco a poco, y por más esfuerzos que haga por insistir en seguir mi camino, las cosas pasan y no es algo que yo pueda controlar. Seré capaz de tomar control de mí, de tomar mis propias decisiones, pero de ahí en adelante no es mucho lo que pueda hacer.

Ya te fuiste, y no lo noté.

Septiembre 6, 2007

Supongo que cuando uno nace a finales de un siglo logra comprender a fin de cuentas la trascendencia de éste, sus avances y sus metas, así como sus grandes tragedias, todas vividas mientras otra parte del mundo era testigo de ellas. El hecho de nacer casi a las puertas de nuestro actual siglo me ha hecho ver cosas que no esperaría ver de haber nacido una década más adelante, me ha hecho convivir con diferentes cosas con las que puedo interactuar para ser un poquito más feliz, de niña conocí grandes series, conviví con fascinantes películas, cosas de ese tipo aún a las puertas de mi segunda década, me hace tan feliz, el simple hecho de escuchar una y otra y otra y otra vez las canciones infantiles que carecían de total sentido en letra me hacen sentir como si nunca me hubiera ido de aquella niñez que, a pesar de traumática y desgraciada, me hizo feliz en alguna forma. La inocencia, la ignorancia, las preguntas, la magia, esa velita de magia que con el paso de los años terminamos por apagar. Todo esto termina yéndose al agujero de los recuerdos perdidos donde terminan todas aquellas bonitas experiencias que nunca debimos olvidar.

Cuando recuerdo que en este mundo no todo es para siempre me quedo pensando… cuándo dejaré de estar en este mundo? Ignoramos los hechos que inevitablemente sucederán, y nos encontramos con la realidad que incluso los más conocidos también mueren, y los más cercanos… los más cercanos… ahí se aviva el pensamiento, quién sabe, tal vez hoy, apenas salga de casa, sea ferozmente atacada por un ladrón con un puñal, tal vez un coche conducido por un ebrio termine por subirse a la acera mientras yo voy a clase y acabe arrollándome, o tal vez mi corazón no resista más de lo que ha resistido y deje de funcionar… o simplemente adquiera un virus letal que no me de oportunidad de seguir con vida, tantas cosas… cuando era pequeña conocí muchas personitas de mi edad que vivían bajo la sombra de su pronta muerte, por lo general a causa de una enfermedad de nacimiento que les condicionaba la vida y les coartaba sus libertades.

Me considero afortunada, nací sana, pero… qué pasa con aquellos que no tienen tal fortuna? Siempre me asustó esa idea… el simple hecho de pensar que gente como yo, de mi misma edad, tenga más probabilidades de morir y que puedo terminar visitando sus tumbas más pronto de lo esperado, me hace pensar en mi corta vida. Paradójicamente todas estas personas que me hacían pensar en la muerte aún no han muerto (no que yo sepa). Cuando me entero que un personaje muy reconocido de nuestro tiempo partió de éste mundo recuerdo nuevamente que nada en este mundo dura por siempre, y que el siglo XX, tal como lo conocí, está desapareciendo poco a poco, y yo aún me empeño en seguir en él, tal vez sea porque mi niñez no está del todo disgustada con el mundo, tal vez porque le agradezco al mismo siglo que me haya permitido seguir con vida, al menos hasta la próxima década.

Yo crecí en el tiempo de la constitución, de la insistente y falsa protección de la vida, de los escándalos depravados, del pasado desgraciado, de los sentimientos desgastados, del cansancio humano, de las puertas del nuevo siglo, de la música renaciente, del anime de los sábados en la mañana, de las noticias curiosas, y del amor por las bobadas, esas que aún carecen de valor ante los ojos de nuestros padres. El corazón no era importante, la soledad era agradable y los matrimonios civiles habían logrado imponerse (vencimos mamá!). La entrada de un mundo de convenios y uniones continentales que nos mostraba sus primeros síntomas globalizantes en nuestras cadenas de televisión. La época de la radio en las mañanas, de los despertadores digitales de ruidos angustiantes, del frío sobre nuestras cobijas y del calor debajo de ellas. De los amaneceres con olor a mundo y del mundo con opacas mañanas. Del aprecio por la naturaleza confundido con el discurso religioso, de los carros del presente que nos recordaban la inmensidad de nuestra imaginación futurista, de los cuentos que no pasaban de cuentos, y de la gente insistía en creer.

Tantos sueños, tantas esperanzas, y al final estas sucumbieron ante un mundo que no nos da más que realidades. Hace cuánto que se fue el siglo XX, y aún no lo había notado…

“Liberarse”

Agosto 27, 2007

Estaba yo aguantándome las tempestuosas temporadas de lluvia que azotan la ciudad, y como siempre retaba a mi cuerpo a soportar otra recaída (ya llevo como dos), mientras esperaba a mis colegas de vinos decidí ir por un café a la plaza, tan solo subir unas cuantas cuadritas y meterme en algún ladito, para evitar la esperada lluvia que ya me tenía con síntomas alérgicos.

Mi café cargado, con una monedita de chocolate y las bolsitas de azúcar sin destapar, por eso de la prevención. Vuelvo a esperarlos a aquel lugar, ya casi salen, unos me saludan, otros me miran, otros se acercan y me dicen: ¿Me recuerdas? “Yo, tal persona”, “te escuché tal día”, “eres fulanita la de no se qué cosas” y así… otros se familiarizan conmigo en una y otra forma, la verdad no soy amante del saludo, para mi una ceja levantada es suficiente saludo, y por eso paso por antipática, y lo siento, pero así soy, no me creo más que el resto, simplemente no me importa el resto, y si eso es ser antipática bienvenidas sean las críticas.

Pronto todo acaba, se acaban los saluditos, la gente sale contenta, a hablar con las humildes estrellas de nuestro excluyente y diminuto mundo que solo tiene espacio para fama y no para el dinero. Escucho ofensas, indirectas, críticas: “que a mi no me gusta tal cosa” o “estuvo muy bien tal gente”, en fin, conceptos de conceptos. El hedor está por todas partes y empiezo a sentirme sucia. Pronto llegan quienes espero, entre ellos mi hermano, y a celebrar se dijo en nuestro sitio predilecto. Aún así me voy pronto, y es que de unos meses para acá las noches de alegrías no me son atractivas, me aburren, no me satisfacen.

Soy sincera, no voy para la casa, voy a ver cómo están mis otros cercanos, aquellos de alegrías y madrugadas de viajes. Qué paradoja, ya están acabando la celebración… bien, otro café, bien cargado, y parto para mi casa. No, alguien se acerca, me saluda… tiempo sin verla, me causa atención que aún me recuerde; me invita a su mesa, caray… no me acordaba de lo divertido que puede ser hablar con aquellos que viven una vida tan similar a la propia sobre temas que a todos nos desvelan y de los que curiosamente concordamos. El rato es agradable y por un momento decido no tener tanto apuro, salimos de allí, y que esperen los demás en el otro sitio, ya saben cuál es.

Allí llegamos, soy atendida con gran familiaridad, y empezamos a hablar. Sé que en unos minutos más me tendré que ir, el sueño abunda y mi desagradable sensación de poca limpieza empieza a incomodarme, además no me cabe ni una gota de agua, definitivamente, el tiempo propicio. Decido esperar a quienes quedaron en llegar… y ella, entre tema y tema menciona algo sobre “liberarse”… con un par de preguntas que me hace termino revelando mi vida, resumida en dos o tres frases. Me habla de la necesidad de liberarse, de dejar atrás la inocencia, de conseguir independencia y pregunta: ¿lo has intentado? Respondo: Si, con poco éxito. Enfatiza en mi necesidad de liberación, y pienso: “estoy totalmente de acuerdo… pero en otro sentido…”

Pronto partimos, ambas nos vamos… y me recuerda sutilmente un par de veces ese ideal de liberarse, mientras vamos a nuestros respectivos destinos en el mismo carrito amarillo, lo sigo pensando… y pensando… ella se queda en su puerta, a mi aún me que quedan muchas calles para llegar a mi hogar… el silencio me inunda… liberarse… ¿será ese el cambio que tanto estoy buscando? ¿Liberarse? ¿Liberarme? Soltarlo todo… irme por siempre, a aventurar por mis diferentes facetas… huir de mi presente…

Aún me pregunto si vio en mis ojos lo que siento, mi urgente necesidad de escapar, de partir, de cambiar… tal vez solo quiero mi propia liberad… tal vez solo quiero olvidar… y ya…