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Desde que me di cuenta de cuánto me podría llegar a doler una decepción, traté de mantener distancia de cualquier relación que pretendiera fuertes afectos. Cuando te conocí, también mantuve mis reservas. Luego de un tiempo acostumbrándome, debo confesar, maravillosamente, a ti, y quizás después de acceder a sincerar mi gusto, y de conocer tus sensibles pretensiones, me sentí afectada, y también esperanzada, de que fuera posible revivir mis emociones. Pensé en todo lo que había ocurrido, insistí en mantener mis reservas. Con todas las dudas del caso en mente, logré reflexionar y concluir que, a pesar de mi inmenso padecer (que he aspirado a no volver a sentir), mis instantes de alegría en mi estar enamorada eran plenamente deseables, inigualables con cualquier otro estado. Eran bellos, eran eso. También llegué a otra conclusión: Si podía sentir algo así, y si era tan bello ¿Por qué no volver a sentirlo? Habiendo ya una mayor simpatía, la experiencia podría entregarme insuperables momentos. Podría disfrutar, con hermosos instantes, un verdadero amor. Muy lejos vi el pesimismo, y la oscuridad inevitable, lo suficiente para no lamentar esos futuros afectos.

Para bien o para mal, quizás mucho más para bien, algo, desconozco qué, interrumpió ese proceso de llegar a ‘más que quererte’. Tomaste distancia (¿también la habré tomado yo?), y mis incontenibles instantes de querer volver a verte, de siquiera tener un momento para hablarte, se encontraron con frustrantes y abundantes ausencias que fueron nublando cualquier esperanza de retomar el proceso, hasta casi eliminarlo por completo, ya fuera porque mis proyectados afectos, tras tales ausencias, se fueron deteriorando, desgastando, agotando, en el mejor caso para ser reemplazados por ‘prematuras’ desilusiones; también, quizás, fuera porque lo mismo ha debido ocurrir contigo, o porque antes de seguir en el proceso, ya había algo que te había provocado decidir cortarlo, así, a secas, sin ninguna conclusión, sin previo aviso. Unas disculpas temporales por tu silencio, tras una discreta insistencia, han sido la única respuesta que he podido obtener tras todo esto.

Antes de extender la proyección de mis afectos, decidí restringirlos, y por así decirlo “abortar el proceso”. Es muy peculiar que mi desilusión ya pese tanto tras el abrupto corte; ya con el precedente, y con la medida de mi actual lamento, he llegado a calcular un aproximado de tristeza insoportable. Como me diste la oportunidad (¿o te la di yo? aún no lo sé) de evitar el surgir de un sentimiento, decidí desechar mis proyecciones del todo. Es un buen momento, antes de correr el riesgo de reír y llorar al mismo tiempo; de sufrir hasta el cansancio, sonriendo, si soy afortunada, muy de vez en cuando.

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