Resignada

Enero 27, 2008

En el momento en que decidí poder darme otra oportunidad, en el instante que persistí en permitir a mis emociones tomar un rumbo que me diera siquiera un poco de alegría, no esperaba terminar relegada y menospreciada por las circunstancias. Aquellas horas fueron tan eternas y aquel dolor fue tan devastador que no logro comprender por qué después de todo eso aún sigo con vida. Mi corazón se retorció en un pastizal de sufrimiento y pena, mi mundo se desboronó poco a poco cada instante que pasaba y mi mente rechazó cualquier clase de compasión para conmigo misma.

No hubo lágrimas, no hubo escenas, no hubo… nada, y ahí radicó todo, no hubo siquiera un momento que me lograra dar esperanzas, un segundo que me llegara al alma para permitirme entregar mi corazón, sólo fue una amena charla, vacía y llena de sus problemas sentimentales que cada vez que los mencionaba terminaba por arrancarme un pedacito de mi ser. Me destruyó, como derrumbando un muro, caí pedazo por pedazo, fragmento por fragmento, al frío y duro piso con una rudeza que pareciera que la tierra quisiera estar en contacto con mis destrozados despojos. Me mató, me exterminó, acabó con la humanidad que había en mi, y todo eso sin notarlo siquiera.

Comprendí entonces que toda mi insistencia, todas mis esperanzas, todo esto que había sentido con tanta intensidad tiempo atrás acabó por desaparecer en un instante, un instante de dolor, un instante en el que sentía que lloraba mi corazón, un instante eterno y trágico donde sus palabras eran sentencias, donde sus gestos eran condenas y donde su cuerpo era mi libertad, aquella de la que se me privaba. Mi sistema nervioso se quebrantó y entré en un inevitable desespero por ver cuántas horas más iba a pasar sin que siquiera intentara regresar a mi, cada instante fue nulo. No sólo nunca regresó, sino que cuando lo hizo fue para despedirse. No expresé sorpresa alguna, no manifesté decepción, pero aquella despedida fue como una certera puñalada en mi pecho, de allí en adelante todo sería así, bienvenidas y despedidas, sin más.

En aquel momento, y al comprender que no había pretexto para estar allí, decidí despedirme, salí casi de afán y sin mirar al resto del mundo que aparentemente conozco llegué hasta una esquina, allí con disimulada mirada vi aquel ser rodeado por otros brazos, y aunque en el fondo era consciente que aquel abrazo no tenía nada de particular (por lo menos para él), aquella escena no me dejaba de recordar que nunca volvería a respirar su mismo aire. Tomé un taxi con mucha rapidez, y me fui de allí sin ser extrañada.

No entiendo por qué insistí, si ya casi había superado todo eso, comprendí que efectivamente malinterpreté todo y por más que quise entrar en razón no pude evitar intentar ser feliz, creí que tenía una oportunidad pero no fue así. Me ilusioné, no entendí, no quise entender, me dejé llevar por la emoción y ahora, invadida por el sufrimiento, comprendo que nunca debí permitir a mi corazón tomar las riendas del camino, y mi dolor lo confirma.

Una respuesta a “Resignada”

  1. Raul Dice:

    Marietta..que bien escribís. Pero..Por qué estás tan triste?

Escribe un comentario